MARIUS IONUT
SCARLAT




Youth without age and life without death 

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Where dogs don´t bark 2019 - on









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Neamul Adormit
Text by Rafael Doctor Roncero
Spanish



La muerte es el tema esencial de la fotografía. Todo lo que capta la cámara es un diálogo con el tiempo que irremediablemente queda como huella de lo que ha sido en esta danza de la vida en la que todo nace y muere constantemente. Hay una máxima imposible de demostrar científicamente que dice que el ser humano es el único animal que vive con un pie en el pasado y otro en el futuro, a diferencia del resto de animales que viven en un constante presente. Ni yo ni nadie podemos hablar sobre el sentir de los otros, pero lo que está claro es que nuestra especie desarrolla su vida en ese arco que supone lo que ha sido y lo que podrá ser, de ahí que la muerte esté presente de diferentes maneras en nuestro día a día, una muerte sobre la que vertemos nuestras deseos o fantasías y sobre la que construimos relatos para digerir mejor esto del vivir; ritos e historias que generaremos para luchar contra esta vía unívoca de la vida y evitar caer en un absurdo absoluto o en un desconcierto insoportable.

Todas las comunidades de cualquier parte del mundo siempre han establecido diferentes pautas de comportamiento para este diálogo imaginario y a través de ellas dan sentido a la base de lo que es su propia cultura. Podemos afirmar que esta relación es el pilar de todas las historias y el eje que ha marcado los comportamientos de cada una de ellas pues la muerte es la única certeza que va ligada a la vida, la que da sentido a todo y con que irrevocablemente nos vemos obligados a aceptar.

Marius Scarlat inmigró con su familia a España cuando solo tenía once años, dejando atrás una Rumanía que lógicamente sentía como propia. Dos mundos, España y Rumanía, a miles de kilómetros, pero con una lengua y una religión matriz común, aunque con diferentes matices, compartida ante una historia personal truncada y obligada por las circunstancias familiares a comprender y desarrollarse en un contexto, a pesar de todo, diferente. Marius, en su formación como fotógrafo aprende la técnica esencial, el lenguaje de esta herramienta, pero por encima de todo se centra en desarrollar el pensamiento que puede verter sobre ella. Aprende de sus profesores, de ver exposiciones, pero, sobre todo, de los libros de los autores que han sido capaces de crear un discurso propio; no deja de pensar en sí mismo, en su historia personal, en todo este proceso, de tal manera que desde el primer momento que decide mostrar su trabajo lo hace de una manera absoluta y singular. Al contrario que la mayoría de los estudiantes de fotografía, rápidamente olvida hacer fotos bellas y emprende su propia aventura introspectiva que piensa no tanto en crear imágenes aisladas sino en la narración que entre un conjunto pueden originar. Allí está siempre su yo inestable, su dualidad cultural, su discurrir entre dos mundos y todas las preguntas que de este estado surgen. Aquí aparecen dos temas esenciales a los que recurre: el retrato familiar crudo y sin pudor alguno, un retrato valiente con la lacra del alcoholismo de su tío, y, en segundo lugar, la relación que su abuela mantienen día a día con la muerte. Su mente estructura su trabajo en un pensamiento vertido siempre en páginas, en libros, intentando construir el mismo elemento formal con el que se había formado a sí mismo. Todo tiende a ser por tanto un libro con imágenes que generan capítulos que se suceden enriqueciendo uno a uno los diferentes aspectos que él fotografía como parte de su sincera, personal y necesaria reflexión.

En este trabajo Marius hace una disección de la idiosincrasia que la muerte conlleva a través de la vida de su abuela, una mujer que lleva años sigilosamente preparando ese momento esencial a través de la reunión de diferentes objetos que celosamente guarda en una cajita, así como la ejecución de diferentes acciones cotidianas que realiza para dar sentido a su propia vida. Todo con una mirada limpia, valiente y esencialmente respetuosa desde la distancia de saber que él ya no está allí. El resultado es una particular antropología poética con la que intenta no solo dar forma a su reflexión sino también calmar la angustia de una mujer que precisa mantener vivos sus ritos para caminar tranquila hacia un final en el que añora a los seres que están lejos. En el proceso, el trabajo se desliga de lo personal y se amplía hacia otros vecinos de la abuela que le descubren otros enseres o le solicitan las fotografías que portarán sus lápidas. Ritos que hacen que la muerte sea menos fría y, esencialmente, menos definitiva.